2084. Un mundo ahí afuera

#Reflections

17.04.2023 Tiempo de lectura: 3 minutos

Equipo editorial BizkaiaTech

Ilustración: Elena Urquijo

Octubre, 2032: la sobrepoblación de las ciudades ha llevado a la sociedad hasta el límite. Los precios, la inflación, la falta de estabilidad económica y la contaminación son el caldo de cultivo perfecto para el inicio de las revueltas. El preámbulo de una revolución.

  • ¿Otra manifestación?, preguntó la ministra de restauración climática.
  • Sí, otra manifestación, Alaia.
  • Tenemos que hacer algo, no podemos seguir mirando hacia otro lado. Esta marabunta de ecologistas nos va a comer, y lo peor es que tienen razón.
  • Recuerda que seguimos viviendo de los datos de la movilidad de la ciudadanía.
  • Sí, pero la situación es insostenible. Las ciudades se van a caer de la cantidad de gente que hay por las calles, ya casi no podemos respirar sin nuestro oxígeno enlatado. Anoche tuve una revelación: venderemos la idea de una vida feliz en el metaverso. Animaremos a la población a que se mude allí y que viajen por diferentes ciudades. Ni la gente del vecindario ni la que viaja será un problema, sino que romperemos la barrera espacio-tiempo. ¿Quieres ir al futuro? Te mandaremos a Seul ¿Eres un nostálgico? Podrás bailar tango en Buenos Aires, ¿Quieres descubrir otras épocas? Podrás conocer el siglo VI a.C y pasear por los jardines colgantes de Babilonia.
  • No es mala idea; aliviaremos el turismo, con el paso del tiempo conseguiremos que las personas se muden allí, y dejaremos al planeta respirar. Una vida sin coches, sin desplazamientos y sin contaminación.

Enero, 2084: la población está cada vez más polarizada. Existe una clara división entre quién ha decidido afrontar la realidad y no evadirse como Idoia, y los hikikomoris, quienes prefieren vivir en un sucedáneo de vida. Este es el caso del hijo de Idoia, Markel, absorto en una anestesia digital, en la que la vida se diseña píxel a píxel.

  • ¿Otra vez metido en tu habitación, Markel? Te he preparado una sopa calentita, como a ti te gusta. ¿Por qué no comes algo y sales al monte a que te dé el aire?
  • Ya estoy en el monte, ama, me he venido a pasar el fin de semana con mi kuadrilla.
  • ¡Venga ya, eso no es el monte! Sal a que te dé algo más que la sensación de aire, aún necesitas el oxígeno para respirar, también en tu “mundo”.
  • …(Silencio)…
  • Te vas a volver loco… ni siquiera sabes quién está detrás de esas lentillas.

Detrás de sus nuevas lentillas de realidad virtual, Markel podía estar donde quisiera en cada momento. Se sentía como un viajero en el tiempo, las anticuadas barreras físicas ya no eran un problema. Tampoco tenía que lidiar con su vecindario, carcas que aún seguían perdiendo su precioso tiempo en coger trenes y aviones de chatarra – ¿Quién coge ya aviones? – El tren aún se entiende si quieres llegar a Álava, pero hasta Teruel tiene su “réplica” en el metaverso.

La realidad, otra cosa del pasado – ¿Es que esto no es real? ¿Es que no sientes la brisa y hueles la hierba recién cortada? Lo que percibes como realidad son solo estímulos nerviosos, ¿no estás sintiendo lo mismo? Está muy desarrollado, ya no estamos en 2022 –

Son las 8:30 a.m. de un lunes cualquiera. Markel, como cada día, salta de la cama y desperezándose se pone sus lentillas para poder entrar en su mundo. No tiene que correr detrás del Bizkaibus. Entra directamente a clase. No tiene ni que vestirse, total su avatar siempre está impecable.

Antes era introvertido y sufría ansiedad social, pero desde que se trasladó al metaverso es el primero en tomar algo después de clase en el MetaBar, una tasca de las de toda la vida fundada en el 2053. Ya no se siente un ser extraño, ahora sale de fiesta con sus amigos, juega al la metapelota vasca y hasta se ha aficionado a la cocina.

Idoia ya no habla de otra cosa con su psicóloga, paradójicamente, su mundo gira entorno al mundo virtual de su hijo.

  • ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que se preocupó por este aislamiento?
  • Muy poco, cada vez me preocupo más. Sé que son cosas de los jóvenes, pero es que no puedo entender que no quiera salir. Él dice que no le hace falta, pero a mí me parece insano.
  • Si, es otra pandemia silenciosa disfrazada de normalidad. Cada vez somos menos las que estamos en el “mundo real” y no nos hemos montado una vida perfecta paralela.
  • Es un huraño moderno. Le he dicho que venga a verte, que la terapia le sentará bien, y que seguro que así consigue no tener tanto estrés ni ansiedad cuando salga a la calle, bueno… o al salón.
  • ¿Y? ¿Alguna respuesta?
  • Nada, no quiere salir de esa cueva.
  • ¿Le comentaste las terapias alternativas? ¿Lo del asistente robot o lo del “hermano mayor”?
  • No… está muy evasivo.

Markel, cada vez más sumergido en su mundo y totalmente ajeno a cualquier resquicio de vida fuera de su habitación, seguía haciendo su rutina con total normalidad.

Su vida discurría entre las clases y quedar con la kuadrilla. Iba a una universidad normal, una réplica muy conseguida. Un edificio con pasillos anchos y aulas de 300 alumnos, que se dividían en sub-aulas para asistir a clase y corregir los trabajos en grupo. El profesorado tenía a sus asistentes, gemelos digitales exactos capaces de tomar las mismas decisiones, aclarar dudas y poner notas como la persona original.

Markel y sus amigos habían intentado, con dudable éxito, hacer pira. Mandaban a sus gemelos digitales a clase, pero su presupuesto estudiantil era tan bajo que lo que conseguían replicar no era ni tan inteligente ni tenía el lenguaje tan bien desarrollado como las personas originales, así que siempre les pillaban y quedaban al borde del suspenso.

Idoia ya no sabía si Markel tenía un problema psicológico o solo era una forma de vida de las nuevas (y no tan nuevas) generaciones. Al principio pensó que solo sería una fase, que todo el dinero que le pedía para ropa virtual, excursiones, gafas y lentillas era un juego más. De hecho, no lo veía del todo mal porque su hijo por fin tenía una kuadrilla, y oye de paso practicaba el japonés.

En todas las generaciones hay cosas que no llegas a comprender de la siguiente, pues eso, “cosas de jóvenes” – la abuela de Markel, tampoco entendía que Idoia y su kuadrilla pasaran horas jugando con esas gafotas blancas donde podían diseñar su monigote; demasiado old school para hoy (hay términos que nunca se pierden por muchos años que pasen).

– Al principio no nos dábamos cuenta de hasta donde podía llegar, nos parecía una alternativa buenísima. Y ya se sabe, como en los grandes hitos históricos, no te das cuenta de lo que estás viviendo hasta que ha pasado y alguien lo escribe.

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