Recuperando el trigo, la comunidad y la ciencia de pueblo

#Soul tech

03.02.2026 Tiempo de lectura: 8 minutos

Maddi Ametzaga Arriaga

Ilustración: Mabel Esteban

El camino que abre el conocimiento de los testigos y el cultivo colectivo.

Esa generación me mencionaba con nostalgia y una y otra vez que la tendencia de ayudarnos entre todos había desaparecido. Antes, se compartían tanto el trabajo como el descanso; ahora, cada persona va por su camino o se encierra en su propia casa.

En la cultura de caserío, la comunidad tenía mucha fuerza: era el centro de la vida, de las relaciones, de la producción y de la economía. Las familias se convertían en barrios, y los barrios, en pueblos. La estructura del territorio, en su mayoría, sigue siendo la misma hoy en día; pero la de la sociedad no. En aquella época la comunidad era la manera de vivir a diario; hoy en día, sin embargo, queremos ser parte de una comunidad, pero solo por sentimiento.

Los primeros trabajos de investigación del proyecto Garile dejaron en evidencia que ese hueco también afectaba a la memoria alrededor del trigo. Empecé a reunir el testimonio de varias personas de Errigoiti que habían nacido entre 1930-1955 para hablar sobre el trigo y la manera de vivir que se relacionaba con él. En esas largas conversaciones se destacaba que el trigo no era solo un trabajo más de caserío: era también el centro social, económico y emocional de la comunidad.

Hasta mediados del siglo XX, el trigo fue la labor que mejor explicaba la vida en común de los caseríos de Bizkaia. No era solo una planta: era todo un sistema social. El trabajo, las marchas del año y las relaciones entre familias y vecinos se organizaban, mayoritariamente, en torno al trigo. Sembrar, escardar, cortar o trillar no eran tareas aisladas: eran actuaciones que se realizaban conjuntamente, sostenidas por la lógica del trabajo comunal, y la necesidad de apoyarse mutuamente, además de cultural en aquella forma de vida.

Los testimonios recogidos en Errigoiti corroboran esa realidad: las familias se expandían hacia los barrios, y éstos se convertían en redes de trabajo en equipo. El desgrane era una de las expresiones más evidentes de esa cultura comunitaria. Hasta la década de los cincuenta se hacía a mano, golpeando los fardos contra las losas, y después con las primeras máquinas pequeñas llamadas “machacadoras”, compradas entre varios caseríos “en sociedad”. La máquina se pasaba de casa en casa, y aunque requería mucho trabajo, la comida, la bebida, las canciones y el ambiente de fiesta endulzaban lo duro de trabajar.

El paisaje también era reflejo de esa vida en común. Era una tela que unía a barrios y caseríos: una sucesión de campos trabajados, un mosaico hermoso construido con diferentes colores y tonos. Cada familia trabajaba su tierra, pero todos contribuían a algo parecido. A pesar de que el cambio de color del paisaje era constante, desde finales de la primavera, las praderas empezaban a cambiar de color al mismo tiempo; en junio, el trigo horneado atravesaba Bizkaigane, Madalen o Sallobante, de forma coherente, como si fueran un único territorio. Esta sincronía ocular mostraba la fuerza de una comunidad que compartía técnicas, instrumentos, calendarios y esfuerzos. El trigo hacía visible el colectivo: convertía el territorio en una obra realizada entre todos.

EL TRIGO, MUCHO MÁS QUE UN ALIMENTO

El trigo, además de ser parte de nuestra alimentación durante muchos años, organizaba una manera de estar en contacto. La desaparición del cultivo fue parte de la pérdida de una estructura social que mantenía unidos a vecinos, familias y generaciones, junto con la pérdida del propio caserío. Entender esta dimensión comunitaria es vital para afirmar que la recuperación del trigo es, en la actualidad, mucho más que la recuperación de un simple cereal.

La unión entre la comunidad y el trigo se construye fácil, pero ¿qué tienen que ver los caseríos y el trigo con la ciencia?

Antes de escribir el artículo busqué la definición de ciencia. Lo que esperaba era diferente, pero dice así: “El conocimiento sistemático adquirido a través de la observación y el razonamiento; que deduce los principios y leyes generales, que tiene capacidad de predicción y que puede verificarse a través de experimentos”.

Literalmente, parece que sigue la lógica rústica. La observación es constante: cómo crecen las plantas, qué enfermedades aparecen, qué tierras soportan mejor. De ahí, se aprovechan del razonamiento porque sabían qué variedad se adaptaba mejor y qué se adaptaba peor. Es sistemático porque se repite cada año incorporando lo aprendido. Su gran capacidad de previsión es el resultado de años de sabiduría. La experimentación era necesaria a la hora de extraer conclusiones concretas.

Ante esto se me ha distorsionado la imagen de la persona científica: nuestras zonas rurales han estado llenas de personas científicas —pero sin bata blanca y microscopio.

El conocimiento rural es ciencia. El conocimiento del trigo también. Y gran parte de ese conocimiento se ha perdido, y, la otra parte, está al borde de la desaparición. No quiero hacer predicciones trágicas, pero es innegable que el número de gente que vive en los caseríos es cada vez menor, lo que crea un gran vacío en la transmisión del conocimiento. La pérdida de la intensa investigación realizada por las generaciones anteriores hará que las futuras reinicien el camino, y esto, también desde el punto de vista comunitario, es una gran pérdida.

Tenía curiosidad desde hace mucho tiempo: ¿qué pasa con el trigo en nuestro territorio? He oído varios relatos de que aquí se sembraba mucho trigo, y también hay una foto de 1936, del barrio Bizkaigane de Errigoiti, donde una familia corta el trigo y hace choles. Pero yo no conozco nada de esto. Y me asombra muchísimo cómo ni siquiera se ha hablado de ello como relato de generación en generación. Se ha hablado tan poco, hasta el punto de creer que el trigo es un cultivo del mediterráneo y que apenas se producía en nuestro territorio. Diría que aquí ha habido un abismo en la transmisión.

Hoy en día son pocas personas las que han convivido con el trigo. En estos lugares, se dejó de labrar alrededor del 1960, y ahora es el momento de construir el puente que unirá los dos puntos del acantilado, antes de que la distancia sea demasiado grande.

GARILE, RECUPERANDO LA HISTORIA DEL TRIGO Y UN PUEBLO

Ahí empezó su andadura Garile: hablando con las personas de los caseríos de Errigoiti, grabando voces y transcribiéndolas. Queriendo hacer el camino viejo del trigo de los caseríos viejos: de la tierra a la antepuerta, de la antepuerta a la caja y de la caja al horno. Ha quedado claro que ese mundo que existió antes todavía tiene sus huellas y que se puede dibujar la cultura del trigo tirando de esos hilos en nuestro pueblo.

Garile ha dado sus primeros pasos en ambas direcciones: recuperando variedades tradicionales y convirtiendo de nuevo el trigo en parte de la agricultura diversificada. Junto a ello, al pueblo de Errigoiti —aunque sea en parte— se le devuelve parte de su competencia en materia de alimentación.

Pero para que todo esto adquiera pleno valor, es imprescindible el trabajo social. Por eso Garile pone el peso en la educación ambiental y trabaja la necesidad de la colectividad tanto en las escuelas como en las actividades locales, ya que ni la memoria ni el trigo se recuperarán de forma individual.

La recuperación del trigo no es algo que se deba hacer desde la nostalgia. La mirada retrospectiva es un trabajo que hay que adaptar al presente y en el que la ciencia popular tiene su peso: haremos ciencia mirando la tierra, reflexionando sobre los conocimientos adquiridos y compartiéndolos con la comunidad. Como han hecho los caseros y caseras, hoy en día también tenemos que observar, probar y aprender juntos. Una decena de choles forman metas pequeñas, y otras tantas metas pequeñas, forman una grande.

En esa lógica, Garile va recorriendo el camino sin grandes destinos y avanzando poco a poco, reflexionando y tomando decisiones en las encrucijadas. Valorando lo que viene y luchando por lo que queremos que venga. Quizá la clave esté en esa amplitud del proyecto: en el camino que harán los sabereS, los cultivoS y las comunidadES juntas, unidas al territorio.

Con la esperanza de vernos en el camino, ha sido un placer el espacio para la reflexión que me ha dado la oportunidad de escribir este artículo. Os invito a acercaros a recoger el trigo en las tierras sembradas.

¡Buena cosecha de trigo, Euskal Herria!

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