Frenar para acelerar

#Reflections

07.03.2023

Equipo editorial BizkaiaTech

Ilustración: Natalia Lisinicchia

Con un ojo en el microscopio y otro en el telescopio. En cada edición ponemos nuestras neuronas a funcionar con el objetivo de descubrir y proponer temas interesantes para BizkaiaTech Magazine. Nos lo planteamos como un reto, en el que queremos poner sobre la mesa diferentes temas que generen conversaciones, y dejen dándole vueltas al coco a quién lo lea. En esta edición buscamos precisamente que surjan esos debates tan necesarios y urgentes, acordes a un mundo tan complejo como en el que vivimos hoy, para que juntos y juntas, a través del diálogo, construyamos un futuro mejor.

Vivimos en un mundo irreconocible para las generaciones anteriores. Tanto es así que ni las personas más visionarias del siglo XVIII serían capaces de comprender la transformación que ha vivido nuestro planeta y nuestra sociedad. Y no es casualidad, ya que nunca habíamos tenido una explosión de nuevas tecnologías como la actual.

El mayor precursor de esta transformación se lo debemos al auge de las “sociedades del conocimiento”. En 1969 encontramos las primeras menciones de este colectivo científico conectado entre sí, conocido como los trabajadores del conocimiento (Drucker, 1969). Personas obsesionadas con generar y compartir sus aprendizajes y descubrimientos entre la comunidad científica para mejorar las condiciones de vida de las personas. Ahora imaginemos esa comunidad en un contexto de hiperconexión, con las máquinas de Google a todo gas (y la capacidad de filtrar basura cósmica), con los mejores laboratorios que tienen instrumentos más precisos que los del box de Fernando Alonso, con cocos cualificados capaces de tumbar el CERN (nunca ha habido tanto cerebrito como hoy en día), con ayudas económicas para lograr lo imposible, y con bases de datos inacabables e inteligencias artificiales que trabajan 24/7.

¿QUÉ TIENEN QUE VER TU HUELLA DIGITAL, HIROSHIMA Y UN CUCHILLO?

El auge de la ciencia, capaz de describir el mundo y las leyes que lo rigen, supone el auge de la tecnología, capaz de transformar ese mundo. Es precisamente este (la tecnología) el motor del cambio; y cada vez va a más, y cada vez más deprisa. La ciencia y los avances en tecnología luchan incesantemente para volvernos más humildes; cuando creemos entender cómo funciona algo de pronto aparece la siguiente tecnología desconocida. ¿Crees que entiendes cómo funciona el 5G? Pues agárrate que ya está asomando la patita el 6G (y a continuación vendrá el 7G, el 8G, el 9G y así hasta el infinito… da vértigo). No acabamos de imaginarnos una nueva solución tecnológica y esta ya está cogiendo forma.

Este frenetismo no solo afecta a las y los productores de tecnologías. También a las personas que las consumimos. Nos vemos acorraladas y obligadas a usarlas y consumirlas para no sentirnos marginadas tecnológicas (intenta vivir sin móvil dos semanas y vivirás en tus propias carnes lo dependientes que somos de nuestros pequeños espejos negros). Nos vamos acostumbrando y habituando a estar completamente envueltos y arropados por ellas ya que nos hacen la vida un poco más fácil y cómoda, todo a cambio de una oferta de último minuto para ir a Canarias, el último capítulo del Conquis o una camita para tu perro recomendada por Amazon.

Un cuchillo puede ser una excelente herramienta para pelar una manzana o un arma mortal con la que arruinar muchas vidas. Este dilema es el que se deriva de manera directa de todo descubrimiento científico y su posterior desarrollo tecnológico. Que alguien teoriza sobre cómo funciona la física cuántica, pues alguien no tardará mucho en romper el átomo para generar energía o para causar la pérdida de millones de vidas presentes y futuras. Lo mismo pasa con los datos que regalamos sin miramientos; lo que nos gusta, lo que compramos recurrentemente, lo que leemos, a qué hora nos acostamos e incluso, en ocasiones, con quién.

Estamos contribuyendo de manera inconsciente a registrar nuestras vidas segundo a segundo, a generar las bases de datos más enriquecidas, y poco podemos hacer porque la tecnología está tan arraigada en nuestras vidas que crea significados sobre cómo vivimos, entendemos el mundo y lo que podemos y no hacer en él.

Todos los avances, nuevos servicios y productos y ventajas que nos ofrecen las nuevas tecnologías producidas, creadas y diseñadas por la sociedad del conocimiento nos acercan cada vez más hacia la “sociedad del riesgo”, si no que se lo digan a los del Proyecto Manhattan. La línea que las separa es cada vez más delgada. Según avanza la ciencia y la tecnología el mundo se vuelve más interconectado, más interdependiente y con mayor incertidumbre. Aunque la gran mayoría de avances tecnocientíficos tienen un propósito y fin positivos, no contemplar todas las posibilidades suele, y con cada vez más frecuencia, desembocar en algo para hacer el mal y no el bien.

Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia - Arthur C. Clarke

NUNCA ES TARDE CUANDO LA DICHA ES BUENA

Para reducir el riesgo, debemos dialogar. Idealmente sucederá antes del proceso de diseño para asegurar que tenemos en cuenta todas las posibilidades éticas cubiertas, que diseñamos desde la accesibilidad universal (sin dejarnos a nadie fuera) y que posteriormente cumplimos con lo prometido.

Sin embargo, nunca es demasiado tarde para hacer el bien (sobre todo para resolver las carencias de algunas tecnologías persuasivas); como ha demostrado Disney con una pequeña pero potente alerta antes de películas como Dumbo, Peter Pan o El Libro de la Selva donde señalan:

“esta película incluye representaciones negativas o injustas de personas o culturas. Estos estereotipos estaban mal entonces y lo siguen siendo ahora”.

Este tipo de mensajes ayudan a generar conversaciones que nos permiten aprender y dialogar sobre cómo crear un futuro más inclusivo entre todos y todas. Como decía el filósofo y poeta Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana,

“Quién olvida su historia está condenado a repetirla”.

Otro ejemplo de recoger cable a tiempo es la ley GDPR, que está derivando e impulsando el movimiento cookieless, un futuro donde las empresas no puedan comercializar nuestro comportamiento más allá de sus propias webs y exclusivamente para fines funcionales.

Como personas consumidoras de un mundo digital, quizá sea el momento de sentarnos a pensar qué tipo de futuro estamos construyendo, y si es el que queremos. Para que podamos empujar a organizaciones, administraciones y a otros individuos a acercar la reflexión a la acción, facilitando el encuentro y la confrontación de ideas para ayudar a construir una posición ética – individual y colectiva – ante los retos que plantea un mundo producido por la tecnología y el diseño.

No tenemos que eliminarlas de nuestras vidas. Tampoco podemos. Queramos o no, nuestro sistema social y económico y todas las personas que lo conforman dependen de ellas. Sin embargo, debemos abrir espacios para discutir, debatir y compartir entre las personas encargadas de producirlas y las que las consumimos, abriendo cuestiones éticas y no dejando que las presiones de la cuenta de pérdidas y ganancias (y la obsesión de las empresas por crecer sin fin), de la economía de la atención (que se pelea por nuestra capacidad de atención, hoy equivalente a la de un labrador cachorro) y de la cultura creadora frenen al menos el diálogo.

En el año 29 del siglo pasado el sociobiólogo americano Edward Wilson profetizaba que teníamos emociones paleolíticas, instituciones medievales y tecnologías divinas. Sin embargo, esto no nos libra de responsabilidad o de excusa para no pensar un poco y aprovechar nuestra capacidad de raciocinio para actuar. Por eso, para que las conversaciones que queremos estimular tengan sustento, en esta edición queríamos empezar por el principio; entender qué son y cómo funcionan algunas de las tecnologías emergentes más controvertidas como son la robótica y la inteligencia artificial. Gracias a esta mini clase teórica (muy entretenida, eso sí…) tendremos las bases necesarias para analizar el impacto que están teniendo en las personas y en nuestra sociedad tanto desde una perspectiva laboral como educativa.

Podremos juzgar con mucho criterio las brechas que se generan por la digitalización así como la importancia de cómo diseñar para no dejar a nadie atrás. Veremos como las reglas del juego están cambiando y nos obligarán a replantear leyes no escritas como por ejemplo que en las oficinas se tiene que trabajar 5 días a la semana. Por último, veremos de primera mano el proceso de diseño tecnológico en abierto, un proceso de experimentación continua, de prueba y error hasta dar con soluciones que verdaderamente ayuden a prosperar y reducir la temible sociedad del riesgo, incluso veremos ejemplos reales de empresas que están tratando de combatir la crisis climática (la mayor amenaza para la Tierra y todos los animales que habitamos en ella) aprovechando soluciones basadas en unos y ceros y en nuestro ingenio.

¿Te atreves a retar el futuro?

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