Escuchar para comprender

#Soul tech

07.03.2023 Tiempo de lectura: 8 minutos

Equipo editorial BizkaiaTech

Ilustración: Josune Urrutia

Es 2023 y los juegos como el League of Legends o Fortnite son uno de los pilares del ocio de la sociedad. Los juegos multiplayer, videojuegos donde más de una persona puede participar en la acción, son uno de los pasatiempos favoritos de todo el mundo, le gusten los videojuegos o no. ¿Quién no ha pasado tardes enteras jugando al Mario Kart (que nunca pasa de moda) con su familia?

Lo que la gente no sabe, es que una de las precursoras de este tipo de juegos, fue una mujer; más concretamente, una mujer trans. En 1983, Danielle Bunten Berry (1949-1998), junto a su equipo en Electronic Arts (EA), creó el juego M.U.L.E., uno de los primeros videojuegos multijugador que en su momento vendió 30.000 copias. Puede, que en temas de números no sea nada comparado con juegos multimillonarios como el Minecraft (238 millones de copias vendidas) o el Grand Theft Auto V (+170 millones de copias vendidas), pero el éxito de Bunten Berry no se mide sus ventas, sino en su legado.

Danielle fue una pionera en lo suyo, fue una de las primeras personas que pensó lo divertidísimo que sería que varias personas jugasen al mismo juego juntas, y, además, fue una de las personas que más influyó en la vida profesional de las desarrolladoras de juegos que vinieron después de ella. Danielle Bunten Berry fue una visionaria, siempre iba un paso por delante. Su legado fue tan importante que Will Wright, el creador del tan famoso juego The Sims, le dedicó dicho juego a ella.

Y NO ES LA ÚNICA

Bunten Barry, sin embargo, no ha sido (ni será) la única mujer trans que ha revolucionado el mundo de la tecnología. Y es que, aunque hablar de tecnología y mujeres (cisgénero, en este caso) siga siendo muy necesario hoy en día (incluso nosotras hemos decidido hacer esta edición para poner el foco en algunas de las mujeres más importantes de nuestra industria), no debemos olvidarnos de una de las comunidades que más ha aportado a la tecnología global, una comunidad que ha tenido que aguantar una opresión continua no solo por parte de su industria sino también por parte de la sociedad en general: el colectivo de las mujeres transgénero. De hecho, debemos hablar más, mucho más, de ellas.

Podemos hablar de varias mujeres trans que han hecho historia gracias a sus contribuciones a la tecnología. Podemos hablar de Sophie Wilson (1957), una ingeniera informática y matemática que diseñó el famoso BBC micro (un ordenador que fue parte de un proyecto de alfabetización informática de la BBC), uno de los primeros prototipos del ordenador doméstico. Lynn Conway (1938), por su parte, es una informática, inventora y activista que a pesar de todas las dificultades que le supuso su transición, siguió trabajando hasta conseguir revolucionar las reglas de los diseños de los chips (que, por su contribución se simplificaron mucho) y la creación más rápida de estos.

UN CAMBIO DE PERSPECTIVA

Aparte de estas dos pioneras que siguen haciendo historia con sus proyectos y su activismo, miles de mujeres trans trabajan cada día para cambiar el panorama tecnológico en sus respectivas áreas. Muchas, incluso hablan de cómo es su día a día como trabajadoras, de cómo es realmente, ser una mujer trans que trabaja en tecnología.

Cassondra Foesch es programadora y ha trabajado en algunas de las empresas tecnológicas más grandes del mundo, incluyendo Google, Amazon y Microsoft. Ella habla de un fenómeno curioso relacionado con su experiencia laboral, un fenómeno que vivió en primera persona mientras hacía su transición estando laboralmente activa. Por lo que ella apunta, “todo el mundo te trata de manera diferente una vez ya no eres un hombre”. Dice que cuando eres hombre en la industria de la tecnología, siempre estás en lo cierto, nunca te cuestionan ni tienes que dar explicaciones de nada a nadie. Cuando te presentas ante el mundo como una mujer, sin embargo, “ser poderosa y tener confianza en ti misma hace que seas una histérica”. Penelope Phippen, una mujer que también trabaja en tech, corrobora lo que dice Foech con su declaración: “Antes de mi transición, hablaba muy alto y podía meterme en cualquier conversación si pensaba que alguien estaba en lo incorrecto… y la cosa es que era efectivo”.

Ella cuenta que cuando en su primer día le dieron el ordenador portátil y le adjudicaron un correo electrónico, su antiguo nombre o deadname era el que protagonizaba su dirección de trabajo. Cuando se quejó y pidió que le diesen otra dirección, la persona de recursos humanos le dijo que no era posible, que tendría que seguir trabajando con la dirección actual. “El sistema no estaba diseñado para personas como yo”, admite Ferguson.

La historia de Delaney King también va por el mismo camino. King es una artista técnica digital, docente y escritora con más de 20 años de experiencia en el mundo de los videojuegos. Antes de presentarse al mundo como una mujer, recibía numerosas ofertas de trabajo y salarios de hasta 100.000 dólares australianos (que se dice pronto). Eso, sin embargo, cambió en cuanto hizo la transición. Como dice ella, “es absolutamente sorprendente. Esencialmente es el mismo CV, pero, simplemente, las reglas son distintas para las mujeres”.

Aunque este problema no sea estrictamente un problema que sufren las mujeres trans, estas nos ayudan a darle visibilidad a la misoginia que a día de hoy se sigue produciendo en las empresas tecnológicas, y es una experiencia que solo ellas pueden contar, ya que son las únicas en experimentarlo. Además de este problema, el misgendering (que te traten del género con el que no te identificas), el uso de baños binarios, el tener que salir del armario, el miedo sobre su propia seguridad y el uso del deadname (el nombre que te adjudicaron antes de hacer la transición), entre otros, siguen existiendo.

Debbie Ferguson es una mujer que empezó a hacer su transición a los 49 años, y justo después de terminarla, decidió volver a trabajar en tecnología, en una empresa en la que ya había trabajado anteriormente. Ella cuenta que cuando en su primer día le dieron el ordenador portátil y le adjudicaron un correo electrónico, su antiguo nombre o deadname era el que protagonizaba su dirección de trabajo. Cuando se quejó y pidió que le diesen otra dirección, la persona de recursos humanos le dijo que no era posible, que tendría que seguir trabajando con la dirección actual. “El sistema no estaba diseñado para personas como yo”, admite Ferguson.

¿ACASO ESTAMOS PROGRESANDO?

Creo que nos ha pasado a todas eso de ver imágenes de gente trabajando en las oficinas de Google y pensar lo guay que sería trabajar allí. Las empresas tecnológicas lucen muy apetecibles a los ojos de la gente que las ve desde fuera: comida gratis, salas de descanso, acreditaciones y mucha, mucha tecnología. Sin embargo, ¿dónde se posicionan estas a la hora de la inclusión?

Glassdoor (2020) publicó una lista de “los 24 mejores sitios para trabajar para la comunidad LGTBQ+”, y sorprendentemente, la industria de la tecnología ocupaba el 50% de la lista. Entre esas empresas se encontraban Google, IBM, Microsoft, PayPal, Accenture, HP, AT&T y Apple. Estas empresas suelen tener ayudas (ayuda psicológica, comités internos, diversity boards…) para que sus empleados y empleadas de la comunidad se sientan bienvenidas en su propio trabajo.

Ginger Chien, activista de los derechos trans que ha trabajado como arquitecta de dispositivos en AT&T durante 25 años, cuenta que ella sintió un alivio increíble cuando le mandaron un formulario interno para solicitar un cambio de nombre que contenía la opción de “elección personal”. Esto hizo que ella, sin la necesidad de documentos oficiales, pudiese ser quien siempre había sido en su ámbito laboral. Cosas tan simples y fáciles de realizar como los formularios internos también pueden marcar la diferencia.

A través de testimonios como los que acabas de leer, sin embargo, vemos como las empresas tecnológicas (como todas las demás) tienen un largo camino por delante hasta llegar a la inclusión que todas merecemos tener. Aunque las cosas hayan evolucionado mucho desde la época de Lynn Conway y Danielle Bunten Berry, vemos cómo el sesgo de género sigue afectando a millones de mujeres cada día.

Por ello, ayudar a nuestras compañeras a alzar su voz es una lucha de cada día. Esto consiste en entender que todas las experiencias son diferentes y que debemos tenerlas todas en cuenta para poder progresar y avanzar a pasos agigantados a lo que a tecnología (y a derechos humanos, claro) se refiere. La lucha de cada día consiste en escuchar a todas estas mujeres que durante tantos años han sido calladas y que tienen tanto que decir.

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