Las decisiones de hoy tejen el mañana: Elige tu propio futuro

#Reflections

28.03.2025 Tiempo de lectura: 5 minutos

Pilar Arnaitz

Ilustración: Ivan Miguel

25 de abril de 2073

Hoy es mi cumpleaños. Me despierto con un agradable cosquilleo por todo el cuerpo. Hace ya dos años que uso el mono exomuscular también para dormir. Se trata de un traje ajustado de un tejido recorrido por fibras nanoscópicas inteligentes que aportan movilidad a mi deteriorado cuerpo de un siglo. Sé que esta decisión echó por tierra mi intención de seguir manteniendo mi masa muscular, pero otras personas de mi edad empezaron a hacerlo hace tiempo y, a pesar de todo, conservaron su autonomía. Aun así, sigue sin gustarme la idea de depender de ello para vivir.

A pesar de que el modelo de mono exomuscular que tengo me permite moverme con la agilidad de un joven de 20 años, lo tengo configurado en modo ahorro extremo de energía, así que mis movimientos son algo más torpes. No me puedo permitir más.

Reviso la producción de mi pequeña granja energética personal. Soy una persona mayor y debo ser cuidadoso con mis consumos, ya que apenas puedo producir con mi propio esfuerzo físico. Por suerte, mis hijas y nietas me donan parte de su producción. Sin ellos tendría que moverme en un exoesqueleto público más aparatoso. Seguramente de aquellos que deben ser retirados para dormir.

Cuando era joven, la energía era más barata, prácticamente gratuita. Casi nunca nos parábamos a pensar si merecía su uso o no. Y, aunque han pasado muchos años, todavía recuerdo con nitidez la crisis mundial en la que la energía pasó a valer más que el dinero. Era eso, o perder el acceso a mucha de la información y los servicios que usábamos en internet. Al menos, esa fue la razón que nos dieron.

Fueron momentos duros porque en apenas pocos meses casi todas las monedas internacionales se devaluaron y el kilovatio pasó a ser el valor de intercambio más solvente. Y, a pesar de que la situación se estabilizó, la producción de energía personal sigue siendo una fuente de riqueza o de supervivencia, como es mi caso.

Así que, todo lo que pueda producir energía la produce. Bilbo, como prácticamente cada zona habitada del planeta, cambió abruptamente. Casi todos los edificios de la ciudad están recubiertos de arriba a abajo de placas solares, lo que la convierte en una especie de enorme laberinto de espejos. Miles de molinos de distintos tamaños surgen por doquier. Incluso los montes de alrededor están jalonados de parques solares y bosques de molinos. Los ríos y el alcantarillado también producen energía. Paradójicamente, solo los edificios de bancos y grandes compañías se pueden permitir el lujo de no producir energía. Es un símbolo de poder.

Añoro la ciudad multicolor con abundante arbolado y rodeada de montes verdes, pero entiendo que no tenemos otro remedio, o eso nos hicieron creer, al menos, y que lo debemos hacer por el bienestar común. No hay otra alternativa.

En cualquier caso, hoy cumplo un siglo de vida, así que me voy a permitir un poco de derroche energético. Organizaré una fiesta virtual con mi familia, amistades y compañeras digitales. Mañana será otro día.

Mi mono exomuscular ya ha terminado con el diagnóstico y ha enviado la orden del desayuno al sistema gastronómico doméstico. De modo excepcional, me permite tomar una rebana de pan extra, al fin y al cabo, es mi cumpleaños. El sistema automatizado de salud pública cada vez me permite menos abusos alimentarios y no me puedo permitir comprarme productos más saludables y sabrosos, pero soy consciente de que es lo mejor para mí. Así me lo recuerda el sistema con frecuencia.

Todavía estoy relamiéndome la mermelada de fresa sintética que me ha quedado en los labios cuando decido que iré a dar un paseo. Me ajusto los visores VR y ante mí se abre el mundo en el que me gustaría habitar. Lo he venido diseñando a lo largo de los años.

Hoy es mi cumpleaños. Un tenue rayo de sol que se cuela por la ventana me despierta. Oigo a mis nietas y nietos han venido a casa temprano para desayunar conmigo y celebrar mi cumpleaños. Pero, antes de nada, mi nieta me ayuda a levantarme y prepararme. Como cada mañana, uno de mis nietos tiene permiso en su trabajo, por la Ley de Exceso de Jornada Automatizada, para venir a darme un masaje y asistirme durante el día. Es un auténtico privilegio del que no pudieron disfrutar mis padres y abuelos. Tengo 100 años, pero todavía puedo ejecutar con solvencia mis ejercicios de taichi matutinos, y disfruto mucho compartiendo ese momento con la nieta o el nieto que haya venido a atenderme ese día.

Nos sentamos todos a la mesa y una sonrisa aflora a mi boca ver el panorama. Estoy rodeado de mis seres queridos y la mesa está repleta de comida saludable. No hay tanta variedad como conocí en otros momentos de mi vida. Son, sobre todo, productos locales y de temporada. Tenemos una vida buena.

Recuerdo el día en que la lehendakari anunció la estrategia que convertiría Euskadi en “el taller de reparación del mundo”, fueron sus palabras. En aquel momento sonaron extrañas y no fueron pocas las voces críticas que auguraban un desastre económico. Parecía que íbamos a ser la chatarrería del planeta.

Sin embargo, aquel cambio en la economía productiva del país fue el pilar del bienestar que disfrutamos hoy.

A pesar de que los comienzos fueron erráticos, hoy en día nuestra industria se dedica a fabricar piezas y componentes de repuesto, y a reparar y prolongar la vida de una gran cantidad de bienes y herramientas. Somos uno de los motores europeos del sector porque supimos entender que la economía circular debía basarse en la estandarización y reutilización. Las piezas y bienes que producimos son un referente de calidad y durabilidad a nivel mundial.

Sé que hay personas que piensan que vivimos tiempos peores porque la racionalización del consumo energético ha ralentizado el ritmo de la innovación tecnológica, pero desde la gran crisis energética, tiempos duros, preguntarse si un consumo es necesario o no es una responsabilidad social. Recuerdo los tiempos en que gastábamos energía solo para ver videos graciosos de gatitos. ¡Qué desperdicio! Costó darnos cuenta de que la clave no era producir más energía, aunque fuese de fuentes limpias, sino consumir solo la necesaria.

Hoy la energía se consume de forma razonada. No es un mundo ideal, pero destinar energía a la automatización de tareas nos permite que sean nuestros seres queridos los que se encarguen de cuidarnos a las personas mayores. Por supuesto, también vivimos en una sociedad donde la crianza infantil por parte de los progenitores es un derecho. Hemos sustituido el ocio digital por juegos de mesa e interacciones sociales habituales. La ciencia médica dice que esto es más saludable y la verdad es que, para ser una persona de un siglo de edad, no sé cómo agradecerle a esta sociedad que les conceda días libres a mis parientes cercanos para poder venir a cuidarme, cuidar de su descendencia o colaborar en actividades sociales. Es un buen acuerdo.

Mientras desayunamos me asomo por la ventana a ver el día que hace. No es el Bilbo que conocí de joven. La ciudad aprovecha mejor los recursos para obtener agua y energía de una manera racional, siempre procurando respetar al máximo la belleza del paisaje. Tener un entorno bonito es uno de nuestros valores sociales. Y nuestros montes vuelven a ser tierras de cultivo y ganadería, entre bosques y molinos de viento. Hace muchísimo que no como mangos, pero la uva de Artxanda es una delicia.

A terminar el desayuno toda mi familia, que disfrutan de un día libre por mi cumpleaños, me propone salir a pasear por Iturritxualde. Mientras me ayudan a vestirmeeee…. comienzo a notar una vibración en todo el cuerpo. Un aviso sobreimpreso sobre el mundo virtual me indica que estoy sobrepasando el nivel de consumo energético para ese día. Fin del exceso.

Ha estado bien ese desayuno en familia, a pesar de ser virtual. ¡Qué bien poder imaginar mundos mejores!… a pesar de que no sean posibles.

Pasaré el resto de la mañana sentado en el sofá ahorrando energía para poder caminar a la tarde. Encenderé el viejo televisor y dejaré pasar el tiempo para no derrochar energía.

No es el futuro que soñé, pero es el mejor posible. Sin duda. O, al menos, es lo que nos hicieron creer.

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