El encinar

El encinar

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Muestra la imagen, pop-macizo-enci41.jpg, ampliada En la fachada occidental del macizo, aparece una discreta representación de encinar cantábrico. La encina es una subespecie distinta de la carrasca, que forma bosques en el área mediterránea peninsular. Ambas son muy similares y están adaptadas a soportar aridez estival, fuerte insolación general y pobreza extremada de suelos.

El encinar cantábrico ocupa los roquedos calcáreos de la costa de Bizkaia, Gipuzkoa y Cantabria, en los que se dan unas condiciones climáticas y edáficas particularmente estrictas que tan sólo la encina y sus especies asociadas logran soportar. Se trata de enclaves en general expuestos al mediodía, en laderas de fuerte pendiente en las que el agua se infiltra con rapidez. La desnudez de la roca dificulta la formación de suelo. La encina logra sobrevivir expandiendo sus raíces por las fisuras de la caliza.

Los encinares de Gorbeia, de reducidas dimensiones, se encuentran en su límite meridional de distribución en la zona. Se supone que alcanzarían la costa cantábrica en periodos de clima más seco y que posteriormente sobrevivieron al cambio climático acantonadas en los roquedos más térmicos, donde se reproducen las condiciones climáticas del área mediterránea en las que no tienen competidores.

Muestra la imagen, pop-macizo-enci42.jpg, ampliada En Gorbeia las áreas de encinar cantábrico más extensas se encuentran en la solana basal, entre los montes Utzueta y Samelar, y en Garaigorta. Resulta sorprendente la presencia del encinar en la umbría del puerto de Altube, compartiendo el terreno con el hayedo y el robledal ácidos. Se trata de pequeños rodales que en los años 70 se vieron invadidos y alterados por la construcción de la Autopista A-68.

En el barranco del Bortal, sobre la ladera de umbría, en la confluencia de los arroyos Astorbe y Bortal, crece un matorral alto dominado por el madroño o borto. Dispersas entre hayas y rebollos sobreviven algunas encinas, en lo que sin duda es una etapa de regresión de un antiguo encinar cantábrico. También hacen acto de presencia testimonial dispersas en el robledal ácido y los prebrezales que cubren la ladera oriental de la peña Gonga, en la cabecera del valle del Zubialde.

En los encinares cantábricos bien desarrollados crecen también madroños, acebos y laureles en los enclaves de suelo húmedo mientras en las solanas aparecen el labiérnago, el aladierno, el durillo, el brezo lusitano, el rusco y Rosa sempervirens. Son típicas plantas trepadoras tales como la nueza negra, la clemátide, la madreselva y en especial la zarzaparrilla. Enmarañan el estrato arbustivo haciendo el bosque impenetrable.

Muestra la imagen, pop-macizo-enci43.jpg, ampliada A pesar de tratarse de bosques de extensión reducida y de difícil acceso, su abundante producción de bayas y bellotas atraen a los jabalíes y arrendajos o al propio mirlo común. La jineta encuentra un hábitat acogedor, a salvo del ser humano. Mucho más aún los reptiles, a quienes las condiciones de vida de los encinares favorece sobremanera. Habita en ellos la culebra de Esculapio y es abundante la lagartija roquera.

La intervención humana y del ganado provoca la regresión de los madroñales, apareciendo entonces un espinar con zarzas. En áreas muy degradadas proliferan los brezos rastreros y el lastón.

La inaccesibilidad de estos roquedos dificultó durante siglos su aprovechamiento. El agotamiento de los robledales y la alta calidad energética de la madera de encina llevó a su uso como combustible doméstico. Pero hoy en día las principales amenazas que soporta el encinar cantábrico son los incendios y la extracción de roca caliza en canteras.