¿Es que ya nadie piensa en la ciencia?

#Soul tech

28.02.2024 Tiempo de lectura: 6 minutos

Ekai Txapartegi

Ilustración: Iñigo Gaya

Frente a los titánicos desafíos del siglo XXI, una sociedad democrática que aspire a regularse a sí misma debe ser científica, porque de lo contrario, la democracia, como sistema político, desaparecerá. Es así de simple.

ESCEPTICISMO ORGANIZADO

La ciencia es el tipo de pensamiento más crítico. Su propia metodología incorpora el escepticismo y la crítica feroz. Robert K. Merton, sociólogo de la ciencia, la caracterizó como el “escepticismo organizado” o la “desconfianza institucionalizada”, porque toda comunidad científica digna de tal nombre se rige conforme a ciertos mecanismos (imperfectos, pero eficaces) que tratan de garantizar que no se dé por bueno ningún resultado, ninguna afirmación, hasta que se presenten evidencias robustas y suficientes frente a una batería de dudas razonables. Ningún otro tipo de pensamiento es tan exigente y crítico consigo mismo.

“Tener fe en la ciencia” es un oxímoron, porque la práctica científica se erige, precisamente, para hacer frente a la fe. La mente científica no acepta nada a pie juntillas, sino que exige pruebas y evidencias, por eso confiar en sus resultados es confiar en esa comunidad de escépticos. Ese proceso la convierte en la máquina del conocimiento (Strevens, 2020), así como en el antídoto perfecto contra la superstición y la ignorancia.

Además, la ciencia insiste en que todos sus resultados son provisionales y revisables, siempre abierta a nuevas pruebas y nuevos descubrimientos. Por lo tanto, ser críticos con la ciencia es otra manera de ser científicos, a no ser que esas críticas tengan una intencionalidad anticientífica de carácter religioso, político o populista, que es lo que estamos viendo cada vez más.

PENSAMIENTO MÍTICO Y PENSAMIENTO CIENTÍFICO

La alternativa a la cultura científica es la incultura científica, es decir, el pensamiento mitológico o mágico. El pensamiento mítico y el pensamiento científico son dos formas de entender el mundo que están en marcado contraste. El pensamiento mítico se basa en la creencia en fuerzas sobrenaturales que controlan el mundo. El pensamiento científico, por su parte, se basa en la observación y la experimentación. El primero, puede ser útil para proporcionar consuelo o sentido a la vida, pero no es una forma confiable de comprender el mundo y actuar en él. Entonces, ¿por qué hay tanta gente que todavía no confía en la ciencia?

En su libro La conquista de la felicidad (1930), el filósofo británico Bertrand Russell escribió:

"La ciencia es la única forma de conocimiento que nos da una base sólida para la acción. El pensamiento mítico, por el contrario, puede ser una fuente de confusión y error. Si queremos vivir de forma racional y efectiva, debemos basarnos en la ciencia, no en el mito."

Entonces, ¿por qué cada vez más gente está volviendo al marco mitológico para entender el mundo y adaptarse a él?

¿POR QUÉ HAY TANTA GENTE QUE NO CONFÍA EN LA CIENCIA?

Algo está fallando. El siglo XXI está consiguiendo sacarnos de nuestras casillas. Anticipando la que se avecina, cada vez más gente se cuestiona si la ciencia sigue siendo la mejor guía para la acción. La cultura científica se está debilitando y los discursos anticientíficos van en auge.

No era esa la previsión. Los promotores de la Ilustración creían que la ciencia, al mejorar las condiciones de vida de las personas, contribuiría a crear una sociedad más racional y tolerante. A más ciencia, calculaban, más cultura científica. Sin embargo, los acontecimientos recientes han demostrado que podemos crear civilizaciones altamente tecnocientíficas, sin la correspondiente cultura científica.

Los promotores de la Ilustración daban por hecho que el dominio tecnocientífico, aparte de traer un bienestar generalizado a la población mundial, serviría también como educación en los valores de la Ilustración, como el progreso, la mejora continua, el valor del conocimiento, la curiosidad, etc. Se suponía que cuanto mayor fuera el dominio de las ciencias y las tecnologías, y más se viera su impacto en nuestras vidas, más ilustrada sería la sociedad en su conjunto. Y así ha sido durante buena parte del siglo XX, al menos en occidente. Pero el siglo XXI está resultando paradójico. Incluso en nuestro entorno, con el 60% de la población menor de 35 años con estudios superiores, un porcentaje incluso mayor aun entre las mujeres, manifestamos comportamientos y opiniones distanciadas de la ciencia. Y vemos también que los problemas mentales van en aumento, especialmente entre la población más joven. La dirección de las convulsiones políticas nos indica que la psique social se está resquebrajando en una dirección anticientífica.

VUELTA AL PENSAMIENTO MITOLÓGICO

Es paradójico que precisamente la ciencia haya posibilitado entornos mágicos, de milagros y dioses, que hacen plausible la vuelta a la caverna mitológica. El agua sale del grifo, se enciende la luz, navegamos por Internet, hablamos con EE. UU. y nos tomamos un ibuprofeno. No sabemos cómo funciona ninguno de esos milagros cotidianos, pero funcionan. Nos hemos habituado tanto a los milagros, que no nos preocupamos de aprender de ellos. Eso hace que todo cuento milagroso sea creíble o se acepte acríticamente. Nos permitimos no conocer, por la familiaridad del asombro, pero también porque resultaría excesiva la cantidad de conocimiento a digerir si quisiéramos entender cada cosa.

Por otro lado, los dueños de la tecnociencia se han convertido en divinidades que escapan al control político de los Estados. Las grandes empresas tecnológicas han creado personajes semidivinos, criaturas mitológicas como Bill Gates, Steve Jobs, Sam Altman o Elon Musk, que, mediante decisiones solo posibles en un mundo tecnocientífico y global, pueden partir en dos países, empresas, familias y modos de vida. Tecnologías que caen como aquellos certeros rayos de Zeus, eludiendo cualquier tipo de control ciudadano, pero con la capacidad de afectarnos de una manera directa, a veces destructiva, lo que alimenta el sentimiento popular, tan cierto como venenoso, de la impotencia humana.

Es decir, la propia ciencia ha creado un entorno tecno-político más económico y accesible, pero que para poder lidiar con él se precisan dosis de pensamiento mitológico, porque es más flexible y creativo y está menos limitado por la razón y la evidencia. Por eso, creo que el auge social de las teorías conspirativas responde a la necesidad de entender ese nuevo marco olímpico que presenciamos temerosos.

LA INCERTIDUMBRE

Esas nuevas divinidades no solo crean pequeños artefactos milagrosos. También tienen el potencial de transformar el mundo de forma radical, incluso de maneras no anticipadas, ni deseadas. La crisis eco-social y el riesgo del colapso civilizatorio nos han llevado a preguntarnos si vivimos en la era de la incertidumbre.

  • La crisis climática va a transformarlo todo, el clima, la geografía, la biodiversidad, la demografía, la economía o la idea de soberanía.
  • La inteligencia artificial podría llegar a ser tan poderosa que podría superar a la inteligencia humana.
  • La biología podría transformarse en una rama de la ingeniería, entrando en una fase de diseño de las formas de vida.
  • La neurología podría descifrar el comportamiento del cerebro, pudiendo “leer” el propio cerebro y, quizá, algún día “escribir” en él.

Con un futuro tan incierto, la ciencia no puede darnos todas las respuestas. Esto puede ser abrumador, especialmente para la gente que no tiene la formación o el tiempo para comprender científicamente la complejidad de los procesos. Por ello, cierta parte de la población recurre a tipos de pensamiento más simples y morales, que les proporcionan un sentido de seguridad y propósito. Recurren, por ejemplo, a creencias religiosas o espirituales, pensando que Dios tiene un plan para el mundo, o que la naturaleza tiene un equilibrio que eventualmente se restaurará. O recurren a ideologías políticas o económicas, depositando las esperanzas en puntos fijados, y suponiendo que dichas ideologías resolverán por sí solas los problemas que enfrentamos.

El pensamiento moral resulta útil para proporcionar un sentido de seguridad y propósito en tiempos de incertidumbre. Sin embargo, también es un tipo de pensamiento peligroso porque la reducción de la complejidad a esquemas morales binarios puede llevar a la intolerancia, la violencia y el conflicto. O a la anticiencia, como hemos podido comprobar.

EN TIEMPOS DESESPERADOS… CULTURA CIENTÍFICA

En este contexto paradójico, cada vez más científico en lo material y cada vez más anticientífico en lo ideológico, la cultura científica es más necesaria que nunca. Ante los retos complejos y polifacéticos a los que nos enfrentamos hoy en día, como las pandemias, la inteligencia artificial general (IAG), el cambio climático, la biotecnología y las tecnologías de lectura del cerebro, es crucial fomentar una cultura científica que no sólo esté informada y comprometida, sino que también sea responsable y ética.

Las personas que comunican y divulgan la ciencia están haciendo frente a un nuevo estilo de pensamiento anticientífico, desquiciado, narcisista y atemorizado. Para navegar en estos tiempos sin precedentes, necesitamos una cultura científica que nos capacite para evaluar críticamente la información científica, tomar decisiones informadas y participar en un desarrollo tecnológico responsable.

Nos hemos habituado tanto a los milagros, que no nos preocupamos de aprender de ellos. Eso hace que todo cuento milagroso sea creíble o se acepte acríticamente.

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