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MITOLOGÍA: mitos y leyendasVolver

Desde los tiempos más remotos, el ser humano ha sentido la necesidad de dar una explicación a todo lo que le rodeaba y atemorizaba: lluvia, tormentas, viento…, creando para ello seres mitológicos que se correspondían con los conceptos básicos del bien y el mal. Nuestros ancestros han ido transmitiéndonos oralmente, al calor del hogar, todas esas leyendas sobre seres fabulosos que protegían o castigaban a las personas, y que vivían cerca de ellos. En Bizkaia son numerosos los personajes que pueblan nuestras montañas. Nos detendremos en el Anboto (relacionado con la morada de Mari), en el macizo de Itxina (donde, entre otros, aparecen el ladrón de Otsabide y las lamias), Baltzola (símbolo de los gentiles) y Lamindao (con sus akelarres en Petralanda).

La dama del Anboto

Mari, personificación de la tierra y reina de todos los genios de la naturaleza, es la leyenda más clásica y difundida en el País Vasco. El nombre de Mari, bruja del akelarre, hace referencia a una divinidad de sexo femenino que se aparece, a veces en forma de mujer ricamente vestida, o envuelta en llamas, o en un caballo que lleva consigo las nubes de tormenta. También se la ha descrito como a un árbol que por un lado parece mujer. Según la leyenda, tiene dos hijos, Atagarri y Mikelatz, dos genios siempre enfrentados, que se corresponden con la visión cristiana de la lucha del bien y el mal.

Habita en diversas cavernas de las montañas, y se le conocen tres moradas: la cueva de Supelegor, la cueva de Anboto y la sima de Larrunarri; aunque según otras versiones, la tercera morada de Mari se ubica en la sierra de Aizkorri. En Bizkaia, su vivienda favorita es la cueva de Marienkobia, situada en la fabulosa pared vertical de la cara oriental del Anboto. Frecuentemente se materializa en forma de niebla sobre la cima. Aestas brumas se las nombra “amillana” en toda la comarca que rodea esta mítica montaña.

El ladrón de Otsabide

En las paredes exteriores del macizo de Itxina, bajo la cima de Urtutze, se encuentra la cueva llamada Otsabide Pagozabala Ganeko Axpea. Desde abajo, la abertura natural parece la puerta de un castillo fantástico; esta cueva está habitada por brujas, alimañas y el ladrón de Otsabide: cuentan que un ladrón que vivía en la cueva, que era el escondrijo de los frutos de sus rapiñas, llegó a amasar una gran fortuna. Atrapado en Francia, fue llevado a prisión en París, no confesando hasta su agonía dónde tenía escondido su tesoro. Sus compañeros de celda, en cuanto cumplieron sus condenas, vinieron a Itxina en su busca, pero cuando intentaron entrar en la cueva apareció un toro que echaba fuego por la boca, impidiéndoles pasar. Meses más tarde regresaron con los huesos de su antiguo compañero, y los enterraron en la entrada de la cueva. Apartir de entonces, el toro, que en realidad era el alma del ladrón, no volvió a aparecer nunca, y así pudieron sus compañeros recoger el tesoro.

Supelegor

La mitología vasca divide el universo en dos mitades, dos mundos, dos realidades. Sobre la superficie de la tierra tenemos lo conocido, el mundo donde el ser humano impone su primacía; bajo esta superficie se extiende el mundo subterráneo, un mundo oscuro en el que viven los dioses. Las grutas sirven de contacto entre un mundo y el otro.

Sobre la cueva de Supelegor hay numerosísimas leyendas, como la que cuenta que en la cueva vivían brujas y lamias. Las brujas eran normalmente mujeres muy relacionadas con los antiguos dioses, que realizaban ritos religiosos, imprecaciones y maldiciones; por decirlo así, eran las sacerdotisas de las antiguas religiones. Las lamias, en cambio, no eran seres humanos, aunque su aspecto externo era de mujer, y se las reconocía fácilmente porque tenían un pie de cabra o de pato. Servidoras de Mari, eran amantes ardientes y cariñosas, pero el hombre que de ellas se enamoraba enloquecía.

Sin embargo, Supelegor siempre ha sido un lugar agradable para la gente; se cuenta que cinco pastores decidieron irse a vivir a Supelegor, y que por miedo al ataque de los lobos, guardaban en la cueva quinientas ovejas. Algunas noches, éstas se despertaban de pronto, asustadas, y comenzaban a correr por toda la cueva; los pastores nunca veían a nadie, pero encontraban por la mañana huellas de niño. Ellos decían que era un juego de lamias, pero tal vez no fueran más que huellas de tejón, pues son muy parecidas a las de un niño.

Una vez, un joven inmensamente rico del barrio Ipiña de Zeanuri se introdujo en la cueva de Supelegor con otros dos o tres amigos. De pronto alguien salió de las sombras y lo abrazó tan fuerte que lo aplastó. Sus amigos lo llevaron moribundo a casa, y murió al cabo de ocho días. Según las creencias de entonces, el único capaz de dar tan fuerte abrazo era el basajaun; aunque no se puede descartar la idea de que fuera una osa defendiendo a sus cachorros, ya que ese tipo de “abrazo” es su típica defensa, y la osa defiende su camada a muerte.

EL AKELARRE

Las brujas o sorginak son genios muy arraigados en el folklore vasco. El mundo de la brujería vasca se remonta a épocas muy remotas; algunas mujeres se dedicaban a la recolección de hierbas y frutos silvestres para utilizarlos con diversos usos curativos; ejercían también de magas, adivinas y curanderas. Por su gran conocimiento de las plantas, podían utilizarlas para producir el efecto contrario al deseado, provocando la muerte de manera inexplicable para entonces, creyéndose que el fallecimiento había sido causado por algún hechizo. Con la llegada y asentamiento del cristianismo, se rechazó socialmente a las brujas, siendo proscritas, perseguidas y ejecutadas. Sobre la realidad de lo que ocurría en estas reuniones de brujas, algunos estudiosos en el tema afirman que son fantasías de inquisidores y jueces, fruto de mentes desquiciadas y malévolas que tergiversaban los hechos de ciertas fiestas nocturnas, cuyo único mal consistía en dejarse llevar por los efectos del alcohol. Como consecuencia de estos juicios, sabemos que a principios del siglo XVII, concretamente en el juicio que la Inquisición celebró en Logroño, varios brujos y brujas fueron condenados a muerte.

El akelarre, o reunión de brujas, era presidido por un “satánico” macho cabrío. Este acto se efectuaba preferentemente entre la medianoche y elcanto del gallo. Las brujas asistían, viajando generalmente por los aires, a lomos de animales, convirtiéndose otras en los propios animales. Tras la presentación de los neófitos y las neófitas y la confesión pública de brujas, pasaban a una orgía en la que brujos y brujas danzaban a la luz de las hogueras, al son del txistu y el tamboril, no faltando nunca el alcohol ni los alucinógenos; el akelarre concluía al alba, entre un gran estrépito.

ITINERARIO

La visita al lugar donde se asientan las cuevas de Baltzola y el arco de Jentilzubi representa un paseo entre los caprichos de la naturaleza. Estos lugares poseen una gran carga mitológica y una antiquísima historia, de lo que dan fe los restos de los primeros habitantes de Bizkaia encontrados en estas cuevas.

El punto de inicio de este itinerario se encuentra en la carretera del puerto de Dima, desviándonos junto al mojón kilométrico 29, por la carreterita que desciende hacia el barrio de Zamakola.

Tras cruzar el puente, ascenderemos por la pista hormigonada que finaliza al llegar al caserío Jibiltar, situado en un alto. Este caserío cuenta con la siguiente leyenda: una mujer que aquí vivía, mientras cuidaba el ganado junto a la cueva, se encontró con una lamia que se estaba peinando sentada en el arco de Jentilzubi. A la lamia se le cayó el peine, que era de oro, al camino, y la criada del caserío lo recogió. A partir de ese día, la lamia visitaba todas las noches Jibiltar y desde la puerta gritaba: “Dame el peine, si no, te quitaré la vida”. Las lamias, apostadas junto a la rendija de la puerta, se burlaban y asustaban a las mujeres que por la noche se juntaban a hilar en la cocina. Cierta noche, un hombre vestido con ropas de mujer se quedó a hilar con ellas y una lamia se acercó a la puerta diciéndole: “¿Tienes barbas y estás hilando?”. El hombre, que había puesto un hierro al fuego, se lo introdujo candente en el ojo de la lamia, y ésta no volvió jamas a Jibiltar.

Un camino de tierra se introduce en el pequeño y angosto valle, cruzando por un puente el arroyo Baltzola, que nace unos metros más arriba. Enseguida nos situaremos bajo Jentilzubi. Este arco natural era una entrada a las cuevas hasta que la erosión derrumbó la cavidad, conservándose únicamente el arco. Nada más pasar bajo Jentilzubi, vemos una gran oquedad en la pared caliza, una de las entradas a la cueva de Baltzola. Cuentan que ésta era una de las moradas de Mari, además de acoger a lamias y a Sugoi, el genio que adoptaba forma de serpiente.

De una curva que traza el camino parte un sendero entre el castañar de Zamakola. El camino abandona el barranco trazando zigzags, y veremos en una curva un buen sendero que utilizaremos después para regresar al aparcamiento. Más arriba tendremos, a un lado, otra de las entradas a la cueva de Baltzola. Si nos introducimos por ella, y sin necesidad de linterna, alcanzaremos el amplio vestíbulo donde se encontró un gran yacimiento prehistórico. Salimos por la amplia boca, por donde el arroyo se hace subterráneo para luego reaparecer cerca de Jentilzubi, al camino que habíamos dejado antes. Al frente vemos el túnel de Abaro, lugar por donde discurre el arroyo a través de la montaña. Puede cruzarse la galería y salir por el otro extremo, o disfrutar del exterior con las vistas de Baltzola y Abaro y proseguir por la pista. Tras cruzar el arroyo, la pista de grava nos conduce a los caseríos de Baltzola, alcanzando poco después la explanada donde se ubica la ermita de San Lorenzo. En este lugar, podemos refrescarnos en la fuente que se halla junto a una gruta artificial, réplica de la de Lourdes, y disfrutar de las vistas sobre el monte Bargondia.

El regreso lo realizaremos por el mismo trayecto hasta situarnos en la curva de herradura en el camino de Baltzola. Un sendero horizontal nos guía hasta una oquedad protegida por rejas. Se trata del abrigo natural de Axlor, en el que José Miguel de Barandiarán descubrió en 1932 un importante yacimiento arqueológico que atestigua la presencia humana más antigua de Bizkaia. El ser humano prehistórico vivió aquí durante largo tiempo, como testimonian los miles de piezas talladas en pedernal y de pizarra y los huesos de animales como bisontes, caballo, e incluso un reno.