saltar al contenido

Logo de la Diputación
 

Estás en:

Flora y fauna del parque natural de Urkiola

Información

 

El encinar

 

Encina sobre un roquedal junto a una cabra. (Ampliar en una nueva ventana)

Vegetación

En las grandes moles rocosas que conforman la cara norte del Parque: Ezkubaratz, Mugarra, Artaun-Egirotz, Inungane-Leungane, el verde oscuro de la vegetación contrasta con el blanco de las calizas arrecifales. Son los encinares que con sus 377 Ha. ocupan un 6 % de la superficie del Parque Natural de Urkiola, siendo la segunda formación forestal autóctona en extensión.

Árbol del bosque caducifolio (Ampliar en una nueva ventana)

La presencia de estos bosques de carácter netamente mediterráneo en un ambiente tan lluvioso como Bizkaia ha sido un aspecto que siempre sorprendió a los viajeros y naturalistas que nos visitaron en el pasado. Y es que estos bosques son una isla siempre verde en el mundo del bosque caducifolio. Son los únicos bosques naturales de la vertiente cantábrica cuyas hojas se niegan a seguir el ritmo marcado por las estaciones.

Encinar visto desde la prolongada ladera oriental de Ezkubaratz. (Ampliar en una nueva ventana)

Trepando por la prolongada ladera oriental de Ezkubaratz, el encinar resiste las variaciones climáticas experimentadas a lo largo del tiempo.

El origen de esta "arritmia" está en la serie de oscilaciones climáticas que se han sucedido tras la última glaciación. Durante el Cuaternario se han venido sucediendo una serie de periodos caracterizados por climas diversos, uno de ellos denominado Xerotérmico se caracterizó por poseer un clima algo más seco y cálido que el actual. Durante dicha época la vegetación mediterránea remontó el valle del Ebro, atravesando los montes de la divisoria de aguas, desparramándose posteriormente por la costa cantábrica. Al variar las condiciones climáticas -haciéndose más frías y húmedas -, como en la actualidad, dichas especies se vieron obligadas a replegarse a los enclaves más secos y cálidos para sobrevivir.

La encina (Quercus ilex), acompañada de otras especies, se retiró a los emplazamientos más rocosos, fundamentalmente las calizas, donde el cáracter filtrante de la roca y el escaso desarrollo de suelo, les permiten emular las situaciones que reinaban aquí cuando llegaron por primera vez. Esta preferencia ha sido el motivo que le ha permitido sobrevivir a los cambios originados por la civilización. Relegada a sucios tan esqueléticos, su dominio apenas fue codiciado por el hombre, ya que difícilmente se podía transformar a cultivo o pasto una zona tan pobre. Ni siquiera la expansión del pino o el eucalipto le han afectado en la medida que a los robledales. Esto no quiere decir que este recurso fuese desaprovechado, ya que, además de ser valioso como pasto del ganado más basto (caprino), el encinar siempre ha sido una fuente de carbón y leña para el hogar. Para este fin los bosques eran explotados como si de vegetación herbácea se tratase. Los encinares eran literalmente segados, cortándose desde muy bajo. Tras este manejo, los arbustos rebrotaban desde la base, se les daba unos años para crecer y de nuevo se repetía la operación. En la actualidad, el descenso del empleo de leña, sustituida por los combustibles fósiles, ha hecho que esta explotación desapareciera. Pero su huella aún perdura en lo inextrincable de estos bosques, donde los árboles se ramifican desde muy abajo, siendo todos de un porte modesto, menor de 4 m.

Si nos fijamos en los árboles y arbustos que conforman los encinares vemos en ellos muchas similitudes. Las hojas, además de por su carácter perenne, suelen asemejarse en la forma, desde el madroño (Arbutus unedo) al laurel (Laurus nobilis), pasando por el aladierno (Rhamnus alaternus) o el labiérnago (Phyllirea latifolia), son lustrosas y carecen de pelos, excepto la encina, que posee una densa borra en el envés, además, todos ellos producen frutos carnosos que son comidos y dispersados por diversas especies de aves.

Muchas de estas características se repiten en las lianas y bejucos, que cierran cualquier hueco en el bosque. Cada especie busca su solución a la escalada, con zarcillos como la nueza negra (Tamus communis), o la zarzaparrilla (Smilax aspera), la rubia (Rubia peregrina) que dobla su tallo y se ase con los pequeños ganchos que en él se encuentran, la hiedra (Hedera helix) que se fija mediante raíces adventicias, aunque la más de las veces se extiende por las rocas del suelo. Otras plantas que carecen de adaptaciones especiales para estos menesteres, como la rosa (Rosa sempervirens) o las zarzas (Rubus sp.), utilizan otro tipo de estrategias, como se puede constatar al internarnos en estos bosques. Sus espinas quedan dispuestas para atrapar a cualquier persona o animal que transite junto a ellos. También aparecen algunos arbustos caducifolios como el majuelo (Crataegus monogyna) o el cornejo (Cornus sanguinea).

Bajo esta maraña crecen algunas plantas en el suelo del bosque, como un helecho, el culantrillo negro (Asplenium adiantum-nigrum); o el (Arum italicum) con sus enormes inflorescencias y sus conocidos frutos rojos, la Hepática (Hepatica nobilis) y también la Violeta Silvestre (Viola gr. sylvestris).

El rusco o brusco (Ruscus aculeatus), es un arbusto frecuente en estos bosques. Resulta muy, interesante la adaptación de sus tallos que se han transformado en hojas, quedando las hojas originales reducidas a meras escamas en su envés. Las flores, situadas en la parte inferior de estos filoclados o falsas hojas, son de un bello color violeta y muy pequeñas, por lo que sorprende el enorme tamaño que alcanza el fruto, mayor que una cereza y de llamativo color rojo. El bello contraste de hoja y fruto, es una de las causas de su empleo masivo como decoración navideña, en sustitución del acebo, comercio éste que comienza a suponer una seria amenaza para esta especie.

Culantrillo negro. (Ampliar en una nueva ventana)

De carácter perenne, como casi todas las plantas del encinar, el culantrillo negro (Asplenium adiantum-nigrum subsp. onopteris) rehuye las zonas más frescas.

Rama del madroño con frutos. (Ampliar en una nueva ventana)

El madroño (Arbutus unedo) es una de las pocas especies de nuestra flora que florece dos veces al año.

Mención aparte merecen los madroñales, que surgen allá donde el encinar ha sido talado o quemado, cicatrizando los claros abiertos en el bosque. Su composición florística es similar al encinar con la diferencia que la especie dominante es el madroño, y la presencia de plantas nemorales es menor. Antaño estos bortales fueron muy estimados como combustible para ferrerías. Su extensión en el Parque es testimonial, situándose en las mismas áreas en que se presentan los encinares.

Ecosistema del Encinar de Urkiola: Encina; Aro; Rusco; Madroño; Herrerillo común; Paloma torcaz; Pito real; Curruca zarcera; Tejón y Musaraña. (Ampliar en una nueva ventana)

Fauna

La comunidad de vertebrados que se asienta en este tipo de bosque xérico en el Parque Natural de Urkiola se encuentra fuertemente condicionada por dos razones, que seguidamente pasamos a referir. En primer lugar, la existencia de un régimen climático caracterizador de los ambientes templados europeos, que limita enormemente la instalación de especies de matiz mediterráneo. La otra razón tiene que ver con el nivel de desarrollo que nos presentan las masas de encinar en Urkiola. Una combinación de factores ambientales (implantación en sustrato muy pobre) con otros de origen humano (secular utilización de estos árboles para usos domésticos), hace que la conformación actual de estos bosques sea poco apta para acoger a una fauna de cierto porte, singularmente rapaces diurnas.

El picatroncos más ampliamente distribuido por las zonas forestadas de Urkiola es el pito real, Picus viridis. A diferencia de la escasez con que se presenta el pico picapinos, Dendrocopos major, el otro picatroncos ocupante del Parque, este pájaro se reparte por la práctica totalidad del mismo; se le ha registrado incluso en las hayas que a duras penas trepan por los roquedos. Su carácter poco reservado facilita notablemente su observación en cualquier biotopo de los presentes en Urkiola; quizá sea en el encinar cantábrico donde más dificultades se den para verlo, por lo cerrado del mismo. Sin embargo, sus relinchos se pueden oir entre las encinas con frecuencia. Se trata de un ave de cierto tamaño - mide unos 30 cm. -, de plumaje vistoso. El dorso es verde oliva, con el obispillo, amarillo. Las rémiges y rectrices (plumas de la cola) son oscuras, punteadas de blanco y las del pecho, gris verdoso. Tanto macho como hembra tienen rojo el píleo y los ojos amarillos, muy llamativos. Aunque come larvas de insectos xilófagos de la madera podrida (como ocurre en todos los picatroncos), la parte fundamental de su dieta la obtiene comiendo hormigas, que quedan atrapadas en su lengua pegajosa. Para ello baja al suelo con frecuencia; de ahí que una manera muy frecuente de observarlo sea cuando se levanta del suelo ante la presencia de cualquier observador.

Mosquitero común apoyado en una rama (Ampliar en una nueva ventana)

Parque de Urkiola con el cresterío de piedra caliza al fondo. (Ampliar en una nueva ventana)

Las parcelas que con vegetación herbácea prosperan en los encinares de Urkiola proporcionan un hábitat adecuado para la instalación de los nidos al mosquitero común (PhylIoscopus collybita).

Durante la estación fría los encinares cantábricos proveen a la fauna que en ellos se interna de una mejor cobertura frente a la climatología. En la actualidad los cultivos arbóreos desempeñan un papel en cierta medida similar

A pesar de la gran tradición cinegética que se ha establecido a lo largo de los siglos en torno a la paloma torcaz, Columba palumbus, en el País Vasco, la nidificación de esta especie aquí es escasa, sin haber tenido influencia en ello la extraordinaria presión venatoria a la que es sometida. Esta está centrada en aves migradoras únicamente. Su nidificación dentro de los límites del Parque, siguiendo con la tónica de todo el país, es muy escasa; pocas parejas se asientan en Urkiola. La mayoría de ellas parece hacerlo en las dispersas manchas de encinar que persisten, ya que en la zona suroriental del Parque, la que posee las mejores manchas de planifolios caducos, no ha sido registrada. En cambio, en los encinares dispersos que prosperan en uno de sus límites (zona de Dima), es relativamente común observarla. Es un ave de gran corpulencia, con un color general en el que predomina más el azul que el gris, con el pecho en tonos burdeos. Al volar son muy patentes las dos bandas blancas de las alas y la franja negra terminal de la cola y, algo menos, las manchas, también blancas, de los laterales del cuello. Como en todas las palomas, su alimentación se basa exclusivamente en la ingesta de todo tipo de semillas, desde las cultivadas (trigo, cebada, etc.) hasta hayuco y bellota, el alimento de la migración.

Una de las aves más vistosas, a la par de más abundantes, en los medios forestales de frondosas es el herrerillo común, Parus caeruleus. La parte superior de la cabeza, las alas y la cola son azul claro, los laterales de la cabeza blancos y amarillo, tanto el pecho como el abdomen. El dorso es gris y, también tiene babero negro. En el Parque ocupa el hayedo, la campiña y, naturalmente, los encinares. La presencia de estas aves entre las manchas de coníferas es prácticamente anecdótica. En primavera las mayores densidades de herrerillos cosmunes en Urkiola se dan entre las encinas, al proporcionarles este arbolado numerosos agujeros donde emplazar sus nidos. La alimentación también la tienen asegurada durante la mayor parte del año, al comer los insectos que le ofrece el encinar. Durante los meses fríos forma grupos con otros paros para recorrer bosques, campiña y parques urbanos; en esta época, ante la escasez de insectos, se ven obligados a completar su ración con el consumo de semillas. Entre los paseriformes (las aves de pequeño porte) posiblemente sea el herrerillo común la especie más perjudicada por la práctica ausencia de robledales en el Parque.

Tocón rodeado de hierbas. (Ampliar en una nueva ventana)

Piedras de cierto tamaño o, como en este caso, un tocón suelen ser utilizadas por los zorzales para romper la concha de caracoles y extraer la materia comestible. Son los yunques".

Allá donde, dentro de una zona forestada, surja algún macizo arbustivo o de zarzas, las posibilidades de que sea ocupado durante la época de nidificación por alguna especie de curruca son altas. En los bordes de las manchas de encinar de Urkiola, con abundante presencia arbustiva, suele aparecer acantonada la curruca zarcera, Sylvia communis. Su presencia en Urkiola nunca alcanza números altos. Es una especie con plumaje poco llamativo, una combinación de gris, blanco y marrón. Durante la primavera y el verano se interna en estos bordes de encinar, con alguna pareja también presente en la campiña.

El tejón, Meles meles, es el mayor mustélido que vive en el Parque. Su presencia está ligada a las zonas boscosas, ya que el reducido tamaño que posee la campiña hace poco verosímil su presencia permanente en ella. No obstante, tiene gran apego a las zonas de cultivo, por los abundantes recursos alimenticios que le ofrecen. Se trata de un animal con una fisonomía sustancialmente distinta al resto de mustélidos que habitan en Urkiola. Al contrario que éstos, de cuerpo ahusado y ligero, el tejón es un animal compacto, rechoncho y pesado, aunque, cuando se ve amenazado, llega a alcanzar cierta velocidad a la carrera. Con las características corporales señaladas, fácilmente puede comprenderse que su vida está ligada al suelo, sin posibilidades de vida arbórea. Durante el día permanecen en madrigueras subterráneas construidas con gran cantidad de galerías, por tanto, con gran imbricación en la distribución interna, que son utilizadas habitualmente generación tras generación. A la llegada del crepúsculo inician el período de alimentación. Es característico en este mamífero el recorrer sendas que tiene establecidas noche tras noche y durante estos paseos nocturnos ingiere todo tipo de alimentos, desde lombrices (abundantes en su dieta) hasta pequeños animales (ranas, ratones, etc.), pasando por frutos y, los situados en la proximidad de cultivos, con visitas a los mismos. La cabeza es blanca con dos gruesas bandas negras que, partiendo del hocico, terminan en el cuello a través de los ojos y orejas. Estas son blancas. El pelaje de la zona dorsal es gris, en tanto que el de la zona inferior (cuello, abdomen y patas) es muy oscuro o negro.

Los micromamíferos mantienen una presencia de bajo nivel en este biotopo. Uno de ellos es la musaraña de Millet, Sorex coronatus, un pequeño animal que apenas supera los 10 cm de longitud (solamente la cola ya posee 6 cm.) que, como en el resto de las musarañas, posee el hocico desproporcionadamente largo con respecto al tamaño total del cuerpo. Las orejas son, por el contrario, muy cortas sobresaliendo apenas del pelaje. Los ejemplares adultos son de un colorido castaño oscuro en el dorso y algo más claro en los flancos.

Parte superior del cuerpo del arrendajo. (Ampliar en una nueva ventana)

Especie exclusivamente forestal, el arrendajo (Garrulus glandarius), también deja oír su potente grito en los encinares del Parque.

El elevado metabolismo de estos animales les obliga a una hiperactividad en pos de recursos alimenticios de tal nivel que, en la práctica, supone el estar alimentándose a lo largo de las 24 horas del día, a intervalos de hora y media aproximadamente. Durante este período llega a ingerir alimentos por un peso equivalente al de su masa corporal. Sus presas son lombrices e insectos que encuentran en la tierra.

 
Referencia bibliográfica:
Autor:
Luis Viera (Geología).
José Miguel Olano, Francisco Solván y Josetxo Riofrío (Vegetación y fauna).
José Ramón Aihartza (Murciélagos).
Elena Barrena y Miren Ayerbe (La huella humana).
Título:
Urkiola.
Lugar:
Vitoria-Gasteiz.
Editor:
Servicio Central de Publicaciones del Gobierno Vasco.
Año de edición:
1995
Páginas reproducidas:
98-105 (ambas incluidas).
 
 

enviar por e-mail